Consideraciones socioeconómicas asociadas a la conservación

DANIEL ORO

Institut Mediterrani d’Estudi Avançats IMEDEA, CSIC-UIB

Las especies amenazadas, su estudio y su gestión: una visión desde la biología de la conservación

Según el autor, la biología de la conservación, como cualquier disciplina, genera dogmas que tienen poco que ver con las evidencias científicas; es más, genera muchos más dogmas que, pongamos por caso, la química, la física o la geología. La causa es, según su parecer, que es una ciencia claramente aplicada.

La biología de la conservación nació hace apenas unas décadas como respuesta a la crisis medioambiental que por aquel entonces se manifestaba ya de manera evidente. La conciencia de esa crisis fue calando poco a poco en nuestra sociedad gracias sobre todo al nacimiento DESTACADOSPerfil: Daniel Oro
de las organizaciones conservacionistas y a las especies amenazadas, que fueron su principal bandera. Así, por ejemplo, Greenpeace nació hace 40 años para protestar por unas pruebas nucleares en Alaska, pero si preguntamos en la calle, la gente asociará esta ONG a las ballenas, pues pronto se convirtieron en adalides de su defensa (y eso fue probablemente la razón de su éxito).

Como cualquier disciplina, la biología de la conservación genera dogmas que tienen poco que ver con las evidencias científicas; es más, genera muchos más dogmas que, pongamos por caso, la química, la física o la geología. La razón es, según mi parecer, que es una ciencia claramente aplicada y que en la acción de conservación (como proteger de facto una especie amenazada) priman, frente a lo que nos ha enseñado, por ejemplo, la ecología, unos conceptos muy simples que parecen provenir de una aproximación lógica (pero frecuentemente desatinada).

La destrucción de la naturaleza es objeto de debate social, en el cual opinan no sólo los colectivos que están más en contacto con ella (cazadores, agricultores, ganaderos, pescadores) sino la sociedad en general, que se hace eco de los mensajes, breves, sesgados y muchas veces imprecisos, que llegan desde los medios de comunicación. El cambio climático o la conservación del lince ibérico son ejemplos sobre los que el lector tiene seguramente una opinión formada, cosa que quizás no ocurra sobre el ciclo de Plasmodium o la química del coltán, aunque sean aspectos que nos afectan muy directamente (el primero por el impacto de la malaria en millones de seres humanos y el segundo por la fabricación de componentes electrónicos que abundan en el interior de nuestros cotidianos teléfonos móviles).




La foca monje en España es una especie catalogada en peligro crítico de extinción. / Foto: M. Cedenilla.


Dogmas en la conservación de las especies
Así pues, la familiaridad que han adquirido en nuestras vidas algunos problemas medioambientales ha generado corrientes de opinión que en muchas ocasiones son demasiado simples y que de alguna manera afectan a la conservación aplicada.
Mi intención aquí es poner en entredicho alguno de los conceptos o dogmas que planean en la conservación de especies amenazadas, desde la óptica del rigor científico de la biología de la conservación. Para ello, voy a proponer un par de ejemplos que, espero sean ilustrativos de lo que hasta aquí he intentado introducir. Imagínese el lector que por destinos del azar, se le invita a participar en un "La biología de la conservación nace como respuesta a la crisis medioambiental"debate sobre qué hacer al respecto de la conservación de la foca monje en España, una especie catalogada como en peligro crítico de extinción. Este animal habitaba nuestras costas mediterráneas de manera regular hasta principios del siglo pasado, cuando la urbanización de las costas y la persecución directa extinguió sus poblaciones. La lógica parece empujarnos a realizar la siguiente deducción: si antaño hubo focas, la manera de recuperarlas es traerlas de otros lugares. Así que me permito aventurar que las primeras propuestas se dirigirán muy probablemente a restablecer las poblaciones en algún espacio protegido de nuestro litoral, en donde las condiciones ecológicas se hayan mantenido relativamente inalteradas (por ejemplo en el Parque Nacional de Cabrera). También aventuro que esta propuesta contará con el beneplácito de la mayoría, y también del lector. Sin embargo, hay que tener en cuenta diversos aspectos ecológicos antes de bendecir una propuesta así. Primero de todo, que no será posible reintroducir varias docenas de focas en Cabrera, porque es imposible obtener tantos animales de las menguadas poblaciones que aún sobreviven en el Mediterráneo oriental o en las costas de Mauritania. Por tanto, esa población reintroducida será muy pequeña, y las poblaciones pequeñas sufren de problemas añadidos y específicos, como por ejemplo la endogamia (con pérdida de la variabilidad genética), la ineficacia en los comportamientos sociales (como la búsqueda de alimento o protección de las crías), o la estocasticidad demográfica, que significa que por puro azar una perturbación (como un ciclón) podría afectar a todos los individuos de esa población y llevarla a la extinción. Por ejemplo, la mayor población del mundo de focas monje, sita en Mauritania, sufrió una mortalidad masiva debida a una marea roja, un episodio natural (naturalísimo, quiero recalcar) que diezmó a la población pero que no la extinguió dado su gran tamaño, hecho por el que algunos animales sobrevivieron a la epidemia.



Tortuga Mediterránea, especie protegida en Baleares y objeto de programas de conservación, aún siendo una especie alóctona introducida por el hombre. / Foto: Albert Bertolero.


Otro aspecto a tener en cuenta: al introducir a un depredador como este, el ecosistema de Cabrera sufriría cambios drásticos, que no tienen nada de malo desde un punto de vista ecológico, pero que hay que considerar. Por ejemplo, muchos peces de gran tamaño (que por cierto son también especies amenazadas) que están ahora en la cúspide de la cadena trófica de Cabrera y que desde la desaparición de las focas han aumentado sus poblaciones o serán devorados por las focas o desplazados a otros lugares (por ejemplo fuera del parque y por tanto lejos de toda protección efectiva). Y hablando de límites, "La evidencia científica nos dice que los ecosistemas tienen lo que llamamos una capacidad de carga, un límite marcado por los recursos (como el alimento), rebasado el cual la población puede sufrir de manera acentuada episodios de mortandades masivas"las focas no se conformarán con campear dentro de las fronteras del parque nacional, y fuera de ellas pueden generar problemas con los pescadores, problemas que habrá que estudiar a priori con el fin de evitar conflictos innecesarios. Y a propósito del espacio: esa población reintroducida será una población prácticamente aislada del resto de poblaciones mundiales, es decir, una población con pocas posibilidades de recibir inmigrantes que aumenten sus posibilidades de sobrevivir. El Parque Nacional de Cabrera es una isla ecológica, no sólo por el hecho de estar rodeada de agua, sino básicamente porque fuera del parque las condiciones son en muchos casos malas, o no lo suficientemente buenas para permitir la vida, siquiera el tránsito, de estos animales. Si la reintroducción fuera un éxito, y las focas reintroducidas criaran felizmente y aumentara esa población, ¿a dónde irían las focas que no cupieran dentro del parque? Porque la evidencia científica nos dice que los ecosistemas tienen lo que llamamos una capacidad de carga, un límite marcado por los recursos (como el alimento), rebasado el cual la población puede sufrir de manera acentuada episodios de mortandades masivas, pues los animales están por debajo de su condición física óptima. Para evitarlo, los animales emigran, pero cuando viven en una isla ecológica, esa dispersión entraña tantos peligros que son pocos los que consiguen llegar a otra población que no esté saturada (exactamente lo que pasa con los linces en Doñana que mueren atropellados en la carretera de Matalascañas al emigrar).

No sé si habré convencido al lector (o al menos le habré hecho dudar de la bondad de la reintroducción –aquí está el dogma– ) pero yo, con los estudios ecológicos y genéticos en la mano, desaconsejaría la reintroducción de las focas en Cabrera (ya no digamos en otros lugares del Mediterráneo español). Y, a pesar de ello, me felicitaría de que esos animales surcaran las aguas de ese bello archipiélago. Si se restablecen unas condiciones mínimas en la calidad del hábitat (en el caso de la foca, los ecosistemas marinos mediterráneos en su conjunto, no sólo en los espacios protegidos), las focas deberían recuperarse sin necesidad de más intervenciones. Es un proceso más lento y más complicado (porque implica actuar sobre todos los factores que afectan al ecosistema, como la polución, la sobrepesca o el turismo masivo), pero mucho más eficaz. Tengamos presente, y esta es otra lección que estamos aprendiendo de las evidencias científicas, que los organismos no se quedan quietos esperando a que nosotros los ejecutemos y los enviemos a las listas de especies extinguidas, sino que presentan su particular batalla. Las especies se defienden de los impactos humanos, se muestran mucho más plásticas de lo que nunca hubiéramos imaginado, seguramente porque la evolución les ha dado (mejor dicho, nos ha dado) el material necesario para adaptarnos al cambio, aunque los cambios que estamos generando sean tan rápidos y tan agresivos. En cuanto les damos una oportunidad (y afortunadamente vamos ganando terreno gracias a las políticas de conservación), muchas especies se recuperan, con los beneficios que eso conlleva.


  Casi toda la fauna terrestre en Mallorca es introducida por el hombre, como el caso de la gineta. / Foto: Istockphoto.



Equilibrio ecológico
Imagine el lector que el destino le lleva ahora a otra mesa para discutir al respecto de qué hacer con los coatíes introducidos accidentalmente en la isla de Mallorca. Los coatíes son unos carnívoros americanos, omnívoros y generalistas, es decir, lo tienen todo para convertirse en una especie invasora. Depredan sobre muchos organismos (reptiles, aves, pequeños mamíferos, muchos de ellos amenazados) y son por tanto una preocupación. Adivino, pues, que tras esta breve descripción habrá consenso en que hay que capturarlos (dead or alive como rezaban los carteles del lejano Oeste americano) y librar a la isla de esta invasión. No tengo dudas de que los coatíes pueden alterar el equilibrio de los ecosistemas de Mallorca. Sin embargo, en una isla así, hay que plantearse dónde está ese equilibrio.

Las evidencias de la ciencia paleontológica nos dicen que casi toda la fauna terrestre de Mallorca es introducida por el hombre, igual que el coatí. Ranas, martas, comadrejas, conejos, cabras, liebres, ratas o tortugas son algunos de los ejemplos. Cuando estas especies llegaron a Mallorca alteraron el equilibrio que en esos momentos existía, y lo modificaron sucesivamente hasta llegar al día de hoy. ¿Es mejor el equilibrio que tenemos ahora que el que tendríamos si el coatí escapara a nuestra persecución e invadiera la isla?

No es esperable, según lo que nos dicen los estudios ecológicos, que los coatíes extingan algunas de las especies que constituyen su alimento (lo hubieran hecho si no existieran ya otros depredadores terrestres en la isla). Los coatíes entrarán en competición con toda la fauna carnívora de la isla (ginetas, martas, comadrejas), que causaron en su día un sinnúmero de extinciones entre sus presas, pero que paradójicamente están protegidas por la ley. Y habrá cambios en sus densidades fruto de esa competición; si los coatíes desplazan a las martas, significará que habrá menos martas, y que el impacto sobre sus presas será similar; "Tengamos presente, y esta es otra lección que estamos aprendiendo de las evidencias científicas, que los organismos no se quedan quietos esperando a que nosotros los ejecutemos y los enviemos a las listas de especies extinguidas, sino que presentan su particular batalla"si no son capaces de hacerse un lugar ecológico entre los demás competidores de la isla, desaparecerán. El número de presas (por ejemplo de ratones) no es ilimitado, y su número marca la capacidad de carga de la comunidad de depredadores, y por tanto sus densidades (sean estas de martas, de coatíes o de la suma de ambos).

Entiendo la alarma que genera la aparición de los coatíes, pero ¿por qué protegemos a la gineta en Mallorca cuando es un carnívoro que fue introducido desde África por los árabes y es por tanto una especie casi tan ajena a la fauna ibérica como lo son los coatíes? Y si pensamos desde un punto de vista práctico y en los recursos necesarios para erradicar una especie así: ¿tenemos medios para frenar la avalancha de especies exóticas, considerando el dinero que mueven, sólo por detrás de las drogas y las armas? Paradójicamente, las mismas tortugas mediterráneas son objeto de introducciones y sueltas en Mallorca, pues están protegidas y se favorece el aumento de sus poblaciones. Las tortugas también fueron introducidas desde algún lugar del arco del levante ibérico-francés hace muchos siglos, y puede ser que su herbivoría extinguiera alguna planta o como mínimo modificara el equilibrio dominante antes de su llegada.

Es también posible que hoy en día estén comiendo plantas endémicas, también protegidas por la ley y que son objeto de programas de conservación. Es imposible favorecer a una especie sin afectar al conjunto del sistema, y eso significa perjudicar a otras. Aunque "La familiaridad que han adquirido en nuestras vidas algunos problemas medioambientales ha generado corrientes de opinión que en muchas ocasiones son demasiado simples y que de alguna manera afectan a la conservación aplicada"la idea de Arcadia ha sido tan venerada en el Renacimiento, el Romanticismo o, de manera más extendida, en las sociedades modernas urbanas, el supuesto equilibrio que se persigue no está escrito en ningún manual, pues no existe el equilibrio sino los equilibrios, el particular de cada momento y cada lugar.

Tenga pues cuidado el lector acerca del tan cacareado concepto de equilibrio ecológico, pues el equilibrio es siempre dinámico, y es este un oxímoron que debe considerarse en cualquier discusión acerca de la conservación de especies amenazadas.

Las limitaciones de espacio me impiden invitar al lector a otras mesas para discutir nuevos retos (si es que a estas alturas aún tuviera ganas de aceptar). Pero no quiero acabar sin hacer antes un modesto pronunciamiento: dude el lector de toda mi visión iconoclasta de cómo se protege a las especies amenazadas. Decía el científico inglés Francis Bacon, allá por el siglo XVI, que quien empieza con certezas, acabará con dudas. Mi trabajo como científico está lleno de incertidumbre, y dudo de casi todo (la duda constituye, junto a la curiosidad, el motor de la ciencia). Los biólogos recurrimos a modelos que, aún siendo sofisticados y basados en herramientas exactas (como las matemáticas), son aproximaciones simples para entender la complejidad de la naturaleza, lo que convierte nuestros esfuerzos en meros intentos de abarcarla. Esta distancia a la que hago referencia no socava en absoluto nuestra pasión por las ciencias biológicas y por la conservación de nuestro preciado patrimonio natural.

Perfil: Daniel Oro

Profesor de Investigación del CSIC en el Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (Esporles, Mallorca). Dirige el Grupo de Ecología de Poblaciones, que estudia cómo fluctúan las poblaciones de especies amenazadas en el espacio y en el tiempo. El objetivo es poder establecer un diagnóstico de conservación y valorar las prognosis que permitan la recuperación de las poblaciones cuando éstas presentan una amenaza de extinción. La vocación del grupo ha sido la de aplicar la teoría ecológica y evolutiva a la biología de la conservación con un marcado perfil cuantitativo, basado en modelos matemáticos que permiten acercarnos a la complejidad del mundo natural. El grupo ha publicado más de 200 artículos científicos y recoge datos demográficos de diferentes vertebrados ibéricos amenazados desde hace 20 años. Daniel Oro es editor de varias revistas científicas en las áreas de la biología marina y la biología de la conservación, y asesor de diferentes organismos científicos responsables de la conservación de la biodiversidad a nivel nacional e internacional.

Publicado en Núm. 03


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