Diciembre 2010

JAVIER GREGORI

Periodista ambiental y responsable Área Medio Ambiente Cadena SER

La última oportunidad

“En una década se han cazado ilegalmente más de 1.000 tigres. Tan sólo quedan 3.200 en estado salvaje”. “16.000 ejemplares de tortugas son capturadas de forma ilegal cada año en Madagascar”. Titulares tan alarmantes como estos llegan cada vez con mayor frecuencia a las redacciones de los periódicos, radios y televisiones de todo el mundo. Y son solo un pálido reflejo informativo, un espejo –a veces demasiado deformado– de lo que está sucediendo en la realidad: la más rápida extinción de especies registrada en la historia del planeta Tierra.

Los científicos hablan ya –sin tapujos– de que está sucediendo la “sexta masiva extinción de especies” (la última fue hace 65 millones de años y a casi todos les suena porque se llevó por delante a los famosos dinosaurios, los animales más grandes que han poblado la Tierra), pero muy pocos parecen darse cuenta aún de la gravedad del problema.

Basta citar un dato. El ritmo natural de extinción de especies se ha multiplicado por mil, y no estamos hablando solo de diminutos microorganismos marinos o pequeños insectos, cuyo nombre apenas se lo saben los expertos. En la “Lista Roja”, que cada año elabora la UICN (la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza) hay felinos importantes para la fauna de la península Ibérica como el lince, y peces de alto valor comercial, como el atún rojo, que también está a punto de desaparecer como consecuencia de la pesca pirata.


  Javier Gregori. /
Foto: Pedro Menéndez.


Y, a diferencia de las grandes extinciones anteriores, ahora este terrible fenómeno no está provocado por un cataclismo natural, sino por la actividad contaminante del hombre. Que, además, está aumentando. Cada año, el ser humano provoca la desaparición de unas 300 especies y, si esta letal progresión se mantiene, en el año 2050, habrán desparecido ya entre el 20 y el 50 por ciento de las especies. No en vano, 200 mil kilómetros cuadrados de bosque son talados anualmente en el mundo.

Sin embargo, este problema ni siquiera aparece en el último lugar entre las preocupaciones de los ciudadanos; y menos aún ahora que atravesamos un periodo llamado de “crisis económica”.

No obstante, lo que realmente está en peligro no es el dinero. Los billetes (por muy verdes que sean o tengan un número muy alto) no se comen y, además, tenemos grandes máquinas que los fabrican. Pero yo me pregunto: ¿qué fábricas son capaces de producir “máquinas” tan perfectas para generar el oxígeno que necesitamos para respirar como los
árboles?

Conscientes del enorme problema al que nos enfrentamos, los Gobiernos de todo el mundo (bajo el paraguas de Naciones Unidas) se comprometieron a detener el actual ritmo de destrucción de especies en el año 2010 y, con este noble objetivo, la ONU decidió dedicar este año a concienciar a la población mundial de la necesidad de proteger la rica biodiversidad de nuestro planeta. Sin embargo, como por desgracia viene siendo habitual, se ha "Todavía no es tarde si aprendemos esta lección y actuamos rápido. Hay que dejar de contaminar, de destruir, de extraer recursos naturales que en el fondo no necesitamos"vuelto a perder esta oportunidad “histórica” y ahora las mismas grandes potencias (como Estados Unidos, la Unión Europea, Japón, o China) que reconocen que no han sabido cumplir las metas marcadas, se imponen otras nuevas en la Cumbre de la Biodiversidad de Nagoya, y… ¡tema zanjado!

Como otros asuntos, la protección de las especies de animales y plantas no puede dejarse en las manos de naciones atomizadas con gobiernos corruptos. Y estoy pensando en muchos de los Estados de África, Asia o América Latina, que afortunadamente todavía atesoran ricos espacios naturales (tanto terrestres como marinos) pero que, sin embargo, no pueden (o no quieren) preservar, ante la voracidad maderera o minera de las grandes multinacionales de los países ricos.

Es, pues, imprescindible la puesta en marcha de una Agencia Internacional del Medio Ambiente, con poder ejecutivo y los medios suficientes para detener la destrucción de la selva del Amazonas, la tala de los bosques tropicales de Indonesia, la contaminación por hidrocarburos de la gran barrera de coral de Australia o el deshielo de Groenlandia, debido al aumento progresivo de las temperaturas mundiales…, porque sólo conservando los hábitats que son su hogar, podremos también salvar a los millones de especies de animales y plantas que viven ahora en ellos.

Y ya que hablamos de soluciones, habría también que decir bien alto que en el siglo XXI no queremos una biodiversidad de “zoológico”. Muchos gobiernos, entre ellos el nuestro, se están gastando una cantidad importante de dinero público en programas de cría en cautividad de especies en peligro de extinción, como el lince ibérico. A mi juicio, esa no es la solución, sino una medida provisional. Nosotros (y, por supuesto, nuestros hijos y nuestros nietos) no nos merecemos ver a los pocos ejemplares de lince ibérico, tigre de Bengala, oso pardo o chimpancé que queden dentro de un par de décadas –o, por desgracia, menos– encerrados en una jaula, por amplias que estas sean.

Ese no es el camino. Como dice Luiz Inácio Lula Da Silva, el expresidente de Brasil (uno de los países con mayor biodiversidad de nuestro planeta y el que acogió la celebración de la primera Cumbre de la Tierra en 1992), tenemos la obligación moral de devolver a nuestros hijos la misma herencia natural que recibimos de nuestros padres. E incluso, es nuestro deber mejorarla.

Me temo que está ocurriendo todo lo contrario. Y no nos queda mucho tiempo para poder corregir un problema que afecta ya a todo el mundo. La contaminación del mar ha llegado ya hasta el Polo Sur, hasta hace poco el único continente virgen que nos quedaba, y, en el otro extremo, los osos polares mueren cuando se quedan atrapados en pequeños trozos de hielo que navegan a la deriva debido al recalentamiento del clima.

La historia de las extinciones masivas nos ha demostrado que el planeta no nos necesita (y si no que se lo pregunten a los dinosaurios), pero nosotros, como especie, aunque estamos situados en lo alto de la pirámide, sí necesitamos a los demás habitantes de la Tierra, a los que, sin embargo, estamos “eliminando”.

Todavía no es tarde si aprendemos esta lección y actuamos rápido. Hay que dejar de contaminar, de destruir, de extraer recursos naturales que en el fondo no necesitamos. Tenemos, en definitiva, que aprender de quienes, siendo como nosotros, supieron desde siempre vivir en equilibrio con la naturaleza. Y, por suerte, muchos de estos hombres y mujeres sabios aún se encuentran aquí.

Publicado en Núm. 03


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