Marzo 2011

FEDERICO MAYOR ZARAGOZA

Presidente de honor de la Fundación General CSIC (FGCSIC)

Interacción entre la humanidad creadora y el entorno ecológico

 De todos los seres vivos que pueblan la Tierra, solo los humanos están dotados de la capacidad distintiva de pensar, de imaginar, de inventar, de crear. Pueden actuar en virtud de su propia reflexión, si bien incardinados en frágiles y temporales estructuras, puesto que están facultados para ocupar el espacio infinito del espíritu. Se formulan todo tipo de cuestiones, incluidas las esenciales, sobre el misterio de su existencia. Únicos actores conscientes del papel antropocéntrico que, a pesar de su nimiedad física, les corresponde en un mundo, en un universo que pueden contribuir a construir y cuidar, a destruir y desproteger. Al igual que la expresión genética depende del contexto epigenético, así la manifestación intelectual se halla condicionada por las características del entorno ecológico y por el acceso y disfrute de bienes inmateriales y físicos. En efecto, si los Derechos Humanos son indisociables, hay un derecho supremo, el derecho a la vida, ya que es requisito imprescindible para el ejercicio de cualquier otro derecho.





El derecho a la vida, a la calidad de vida, precisa de:

Alimentación:
producción adecuada de nutrientes, a través de la agricultura, la acuicultura y la biotecnología.

Agua: el acopio, la canalización, la distribución y gestión adecuada del agua constituye, junto a su producción por desalinización con fuentes energéticas renovables, uno de los grandes desafíos del siglo xxi.

Salud: la vacunación masiva ha aumentado de forma significativa la longevidad en todo el mundo, al mismo tiempo que el incremento demográfico ha disminuido debido, sobre todo, a la emancipación que una formación generalizada conlleva.

Vivienda; medio ambiente / habitabilidad del planeta:
el rápido deterioro de la tierra, mar y aire, acelerado en las últimas décadas por un extraordinario consumo de carburantes fósiles y una deforestación concomitante, se ha convertido en un reto a la responsabilidad de la sociedad en su conjunto, ya que es fundamental que el legado a las generaciones venideras no vaya empañado por la delimitación de recursos naturales e inadmisibles carencias ecológicas. Las energías renovables constituyen, de forma apremiante, cuestiones en las que debe volcarse la comunidad científica, con el impulso de unas directrices mundiales guiadas por el buen sentido y la anticipación, y nunca más por el mercado y los intereses a corto plazo.

Además de los requisitos materiales, los principales que se refieren a la dimensión espiritual exclusiva de los seres humanos son:

Educación: para la formación de personas “libres y responsables”, como establece el artículo 1º de la Constitución de la UNESCO. Seres que actúan siempre en virtud de sus propias reflexiones y no al dictado de nadie, capaces de realizar la gran transición de súbditos a ciudadanos, que conservan intacta su identidad cultural, no espectadores uniformizados y resignados, capaces de una convivencia armoniosa con todos los seres humanos “iguales en dignidad”, favoreciendo procesos de integración.

Comunicación: el acceso a un información veraz y la garantía de la “libre circulación de las ideas por la palabra y por la imagen”. El ejercicio de la libertad de expresión es absolutamente imprescindible para ciudadanos protagonistas y participativos.

Vivir orientados por los principios democráticos, recordando en todo momento que, según establece el preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas, corresponde a “los pueblos” evitar el horror de la guerra a las generaciones venideras, es decir, construir la paz, facilitar la gran transición desde una cultura de imposición, fuerza, violencia y guerra a una cultura de encuentro, diálogo, conciliación y paz.

Fue precisamente al término de la Segunda Gran Guerra cuando, junto a instituciones internacionales que garantizaran la seguridad, la alimentación, la salud, la educación, la ciencia y la cultura, el trabajo, … bajo la orientación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, se estableció que la paz dependía esencialmente de una palabra clave: compartir, partir con los demás, repartir los bienes de toda índole, incluidos el conocimiento y la experiencia.

A finales de los años ochenta del pasado siglo tiene lugar un momento de grandes expectativas para los cambios radicales que el mundo requería: fin de la carrera armamentista, con el desmoronamiento de la Unión Soviética sin una gota de sangre por la magia política del presidente Mikjail Gorvachev; inicio de acontecimientos sorpresa en África del Sur, que condujeron, por la sabia e inesperada “conspiración” del presidiario Nelson Mandela y el presidente Frederick De Klerk, a la rápida eliminación del abominable racismo que representaba el “apartheid” sudafricano; el Proceso de Chapultepec para la paz en El Salvador y, con la intermediación de la Comunidad de San Egidio, se alcanza la paz también en Mozambique; comienzan las conversaciones entre guerrilleros y representantes del Gobierno en Guatemala, etc. Todo parecía indicar que el final
de la “Guerra Fría” permitiría canalizar grandes “dividendos de la paz” para facilitar el desarrollo social y económico en todo el mundo y reducir sustancialmente las inmensas inversiones en gastos militares y armamento.

Pero entonces se produce la irrupción de “globalizadores”, que sustituyeron la cooperación internacional por la explotación, y las ayudas por préstamos concedidos en condiciones draconianas; debilitaron a las Naciones Unidas y a las instituciones internacionales, situando a la Organización Mundial del Comercio directamente fuera del ámbito del sistema de las Naciones Unidas, y favoreciendo que grupos plutocráticos (G7, G8, G20) llevaran las riendas de la gobernación a escala mundial.

El fracaso, tan patente como doloroso, se materializó en el año 2008, con una situación gravísima de crisis múltiples (social, financiera, ecológica, democrática, política, ética), acompañada de la “explosión” de una gran burbuja inmobiliaria, que había sido precedida por otra en telecomunicaciones, una deslocalización productiva hacia el Este y, concretamente hacia China, convertida en la “fábrica del mundo”, sin reparar en las condiciones laborales y en la violación en gran escala de los derechos humanos. Resumen trágico de la situación actual es el gasto diario de 4.000 millones de dólares en armamento al tiempo que mueren de hambre y desamparo más de 70.000 personas.

La lucha contra la pobreza y en favor de la igualdad de los derechos inalienables de todos los seres humanos sin excepción constituye actualmente el gran reto que debe afrontarse en estos albores de siglo y de milenio.

Algunas soluciones que deberían llevarse a la práctica a la mayor brevedad, antes de que puedan alcanzarse puntos de no retorno serían las siguientes: 1) unas Naciones Unidas dotadas de los medios personales, estructurales y económicos para poder garantizar, a través de los Consejos adecuados, seguridad en todo el planeta, seguridad socio-económica, seguridad alimentaria, seguridad medioambiental, seguridad frente a las catástrofes naturales y provocadas; 2) educación superior, I+D+i y desarrollo basado en el conocimiento, en la prevención y en la anticipación; 3) interacción constante con el medio ambiente: impacto cotidiano de la conducta humana y en la conducta humana…

Estamos ante el “nuevo comienzo” al que nos exhorta la Carta de la Tierra, en su epílogo. ¡Por fin, las mujeres y hombres de toda la Tierra artífices de su destino común!

Publicado en Núm. 04


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