* Todos los epígrafes de este artículo provienen de «Al adquirir una enciclopedia», poema de J. L. Borges.
«Aquí el tigre y el tártaro»
La ilusión de disponer en una sola obra de todo el saber de una época (o de todo lo que se conoce sobre un determinado tema) es tentadora por dos aspectos. Por una parte, tranquiliza pensar que la totalidad del saber es abarcable... aunque sea en una obra de decenas de volúmenes.
DESTACADOSPerfil: José Antonio MillánY por otra, también es agradable pensar que es posible acceder inmediata y directamente a cualquiera de sus aspectos.
La enciclopedia moderna nace en el siglo XVII, aunque hay obras precursoras, que no se llamaban todavía «enciclopedias». Las recopilaciones medievales, que se abren con obras como las
Etimologías de Isidoro de Sevilla (siglo VI), no tenían, desde luego, la pretensión de hacer accesible el saber a cualquier persona. Se trataba más bien, en una época de difícil acceso a las fuentes, de compendiar diversas materias para uso de los estudiosos. La organización interna era temática, porque la mentalidad medieval no admitía la arbitrariedad del orden alfabético. Pero era sencillamente inadmisible que
Altissimus, el Altísimo, uno de los atributos divinos, no figurara antes de
Abyssus, el Abismo, o infierno...
El choque conceptual que supuso el descubrimiento del nuevo continente americano provocó la redacción de obras que por primera vez observaban el mundo, en vez de copiar las preexistentes. Fray Bernardino de Sahagún escribió en 1540 una obra enciclopédica organizada temáticamente, la
Historia general de las cosas de Nueva España, para uso de sus colegas misioneros. Y describió la lengua, historia y costumbres de los aztecas, su territorio, fauna, botánica... Para encarecer la utilidad de la obra, explicó: «es para redimir mil canas, porque con harto menos trabajo de lo que aquí me cuesta, podrán los que quisieren saber nuevas de sus antiguallas, y todo el lenguaje de esta gente mexicana». Este ha sido siempre el objeto de las obras de consulta: que se pueda alcanzar el saber con menos esfuerzo del que costaría recopilarlo personalmente.
Portada de la Encyclopédie, editada por Diderot y D’Alembert en el siglo XVIII. / Foto: Wikipedia.
«Aquí la escrupulosa tipografía y el azul de los mares»
Pero las obras enciclopédicas escritas por una sola persona tenían sus días contados, por la constante extensión de los conocimientos humanos. En 1680 murió el jesuita alemán y autor polígrafo Athanasius Kircher, que una reciente obra sobre su figura bautiza justamente como «el último hombre que lo supo todo».
Las enciclopedias modernas son de elaboración colectiva, aunque las colaboraciones no siempre suelen firmarse. Además están divididas en entradas, que se clasifican no temática, sino alfabéticamente. Para la cohesión entre los distintos artículos, y por la economía de contenidos, se hace uso de remisiones internas.
La famosa
Encyclopédie francesa (1751-1772) surgió del éxito de una enciclopedia inglesa aparecida pocos años antes, cuya licencia de traducción se compró. Pero cuando Diderot y D’Alembert fueron nombrados directores, el proyecto se amplió notablemente, hasta constituir una obra en 17 volúmenes. El lugar que la
Encyclopédie ha logrado en la Historia proviene de su impacto ideológico, aunque al tiempo supuso un importante salto en la calidad y extensión de este tipo de obras.
La
Encyclopédie añadía un elemento tradicional de las obras de consulta (al menos desde Isidoro de Sevilla): las ilustraciones, pero en relación a obras anteriores aumentaron en cantidad y calidad. Después de los volúmenes de texto se publicaron 11 más de láminas, elaboradas con una función didáctica que ya no se separaría nunca de estas obras. Baste el ejemplo de los distintos talleres donde se desempeñaban oficios, como el de impresor o el de
luthier.
«Aquí la vasta enciclopedia de Brockhaus»
La edad de oro de las enciclopedias en papel culmina con una obra española, la
Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana (1908-1933), conocida como «la Espasa» por el apellido de su editor. También aquí se partió de una obra anterior: se compró la licencia en exclusiva de famosas obras alemanas, la Brockhaus y la Dreyer, incluyendo los derechos de un numeroso conjunto de fotografías, grabados y láminas en color, pero la acogida del público y la ambición del editor superaron los límites iniciales.
Este gran proyecto enciclopédico fue apareciendo a razón de tres volúmenes por año, pero en 1914 la salida de nuevos tomos se detuvo, por falta de suministro de la parte de ilustraciones, que se imprimía en Alemania, ... y
Pero la mayor revolución de las enciclopedias empezaría en enero del 2001, cuando se lanzó la Wikipediapara esperar el resultado de la Gran Guerra, que tendría indudables consecuencias en la cartografía y en los artículos de Historia.
En esta época de informaciones instantáneas y actualización inmediata resulta difícil comprender qué podía significar poner al día una obra en papel. Cuando existían enciclopedias impresas (hasta hace pocos años), al hacer una nueva edición había que incorporar hechos de la actualidad, personas que habían destacado por algún motivo, y nuevos conceptos (muchos del campo de la ciencia y de la técnica). Pero una de las tareas clave era
matar personas, como se decía en el argot editorial: añadir la fecha de la muerte en las entradas de quienes en la última edición aún figuraban como vivos y habían dejado de serlo.
«Aquí los muchos y cargados volúmenes»
La
Enciclopedia Espasa creció hasta ser, según ciertos criterios, la mayor enciclopedia en papel existente. Su núcleo fundamental eran 70 volúmenes, pero con los numerosos apéndices que fue necesario publicar llegaron hasta 117. Y es que uno de los mayores condicionantes de las enciclopedias en papel era que en el momento de su publicación quedaban
cerradas. Para recoger lo que había ocurrido después se compilaban anexos, que reunían los cambios que se habían producido desde la anterior edición. Pero eso obligaba al consultante de un tema a mirar el artículo principal, ¡y luego todos y cada uno de los apéndices, a ver si había habido novedades! Una solución parcial era editar un tomo de Índices que indicara en qué distintos volúmenes estaba lo que se quería consultar...
Las enciclopedias en papel fueron elementos clave que no faltaron en las instituciones (bibliotecas, ateneos) y más tarde en los hogares de España
y de otros muchos países. Pero en la década de 1990 comenzó la competencia digital, en forma de CD-ROM, que proporcionaban una obra de consulta básicamente muy similar a las prexistentes en papel, con la adición de animaciones y vídeos. Las remisiones internas adoptaron la forma de saltos hipertextuales, que permitían ir fácilmente a la entrada señalada. Pero estas capacidades no se utilizaron, por lo general, para crear una estructura más rica que la de las obras en papel. Además, seguían siendo obras autocontenidas: desde hacía siglos las entradas contenían bibliografía (la
Espasa usó cinco millones de referencias), pero tuvo que pasar tiempo, y desarrollarse la Internet, para que las enciclopedias digitales comenzaran a hacer uso de los enlaces a contenidos ajenos que estaban en la Web.
Las obras digitales abrían dos posibilidades clave. Una era buscar en el interior de los textos, con lo que se podía localizar algo que no figuraba como entrada principal: por ejemplo, buscar
Rigoletto y encontrar esta ópera en el artículo dedicado a Verdi. En muchas de estas obras electrónicas también se podía buscar con operadores lógicos: entradas que contuvieran la palabra
Martín y
Lutero, pero no
King. Y la otra posibilidad fue copiar y reutilizar fragmentos del texto, o incluso imágenes.
Podría pensarse que la redacción de una obra enciclopédica en CD-ROM, o luego en la Web, donde la extensión no conlleva gastos de papel, liberó a las entradas de la tiranía de una longitud limitada, pero esto no es exactamente así: las obras del pasado tenían a veces entradas absurdamente largas (así en la
Espasa, donde los colaboradores cobraban por página), y para una obra de consulta con frecuencia lo mejor no es extenderse en detalles, sino precisar.
La Enciclopedia Espasa creció hasta convertirse en la mayor enciclopedia en papel existente. / Foto: Wikipedia.
«Aquí la dilatada miscelánea que sabe más que cualquier hombre»
Pero la mayor revolución de las enciclopedias empezaría en enero del 2001, cuando se lanzó la
Wikipedia, una obra en la Web creada con la colaboración de voluntarios, y cuyo contenido era libremente reutilizable. En el 2005, la versión en inglés ya tenía mayor extensión que la Espasa. En la actualidad contiene más de 20 millones de entradas, entre las 282 lenguas en que existe, creadas por más de 31 millones de usuarios registrados.
La revolución que supuso la Wikipedia tiene varias facetas, pero entre ellas no figura su estructura: es básicamente como una enciclopedia del XVIII, todo lo más con las adiciones multimedia de las obras en CD-ROM de la década de 1990. Pero, como nadie ignora, sus entradas pueden ser redactadas y corregidas por cualquier usuario. Hay una comunidad de voluntarios (que responden al nombre, bastante inadecuado, de «bibliotecarios») que velan por que se cumplan las normas de redacción, que a su vez se han ido fijando en un largo proceso de discusión y búsqueda de consenso.
A lo largo del tiempo ha habido cuestiones muy debatidas, como la posibilidad de edición por parte de usuarios no registrados (que se permite, aunque el sistema guarda la dirección IP desde donde se colaboró), o el hecho de que se blinden a la edición determinados artículos que despiertan controversia. Una cuestión que creó un gran debate fue el propio ámbito de la Wikipedia: ¿deberían permitirse solo entradas del tipo de las que habría en una enciclopedia clásica?, ¿o –dado que no hay límites, como en el papel– cabría cualquier entrada sobre cualquier tema; por ejemplo: sobre todos y cada uno de los personajes de Pokemon? La opción que triunfó al final fue la más tradicional.
Pero la auténtica clave de la Wikipedia es que tiene una licencia abierta de reutilización (que se inspira en un mecanismo análogo al que se usaba en la creación de software): cualquier parte de su contenido puede reutilizarse de cualquier manera, incluso comercialmente. Esto ha propiciado la labor de los voluntarios que colaboran en ella: su obra se va a difundir por todos los medios. Unos serán de pago, como el libro con parte de la versión alemana que comercializó la editorial Bertelsmann, pero otros ayudarán de forma gratuita a los más necesitados, como la edición en DVD que el Ministerio argentino de Educación ha difundido para acceso
off line en escuelas de todo el país.
«Aquí el error y la verdad»
Contra lo que todos habrían pensado, una enciclopedia escrita y corregida por personas que no son necesariamente especialistas ha conseguido un nivel de calidad muy aceptable. Los expertos en obras en colaboración aluden a la «acción del enjambre», el hecho innegable de que muchos ojos ven más que unos pocos. De hecho un estudio ha demostrado una clara correlación entre calidad de una entrada y el número de intervenciones (correcciones o adiciones) que se le han practicado.
La controversia sobre la fiabilidad de la
Wikipedia ha sido una constante, pero ha habido hitos importantes, como cuando en el 2005 un artículo de la revista
Nature comparó una serie de entradas científicas de la edición inglesa con las equivalentes de la Britannica (la enciclopedia de referencia en el ámbito anglosajón), y salía mejor parada la
Wikipedia. Hay que advertir que, como es lógico, no siempre la labor de los redactores o editores de las enciclopedias en papel ha sido escrupulosa, y que por tanto no tiene mucho sentido a priori ni considerar perfectas a unas ni demonizar a otras. De todas formas, ha habido diversos intentos de crear enciclopedias colaborativas con control de expertos, como Citizendium.
Con la difusión del acceso a la Web, y la disponibilidad inmediata de contenidos muy diversos (y especialmente la
Wikipedia), enciclopedias que llevaban décadas funcionando se encontraron ante una competencia inesperada. Muchas respondieron pasándose también a la Web, bajo distintas modalidades de explotación, mientras mantenían su edición en papel o incluso en CD-ROM. Uno de los casos más famosos es la
Britannica, que da acceso a parte de sus entradas gratis y a otras por su sistema de suscripción.
Pero la influencia de la
Wikipedia también se ha hecho notar: hay enciclopedias clásicas que se han abierto a la participación de voluntarios; eso sí, bajo el filtro de sus editores. Este es el caso de la
Gran Enciclopèdia Catalana y de la enciclopedia Larousse en Francia. Pero hay que recordar que la colaboración de los lectores no es algo que se inventara la
Wikipedia, sino que es una tradición del mundo del saber, y muy especialmente desde la Ilustración. En la introducción al tomo II de lo que fue la primera enciclopedia mexicana, el
Diccionario universal de historia y de geografía (México, 1853), leemos: «Invitamos formalmente a todos los amantes de la ilustracion, para que nos ayuden con sus producciones. Con que una persona en cada Estado, en cada ciudad importante dedicara algunos ratos de ocio a estas tareas, a vuelta de corto tiempo tendríamos tal suma de datos, que bastarían para formar una interesante compilacion».
«Aquí la memoria del tiempo y los laberintos del tiempo»
El procedimiento que se ha seguido para la redacción de muchas entradas de enciclopedia ha sido por un lado ver qué decían sobre el mismo tema las obras de consulta anteriores (lo que ha contribuido a perpetuar errores), y por otro acudir a artículos o libros. En el universo digital hay disponible una masa inconmensurable de materiales de todo tipo (textos, imágenes, audios, videos): ¿podría existir un sistema automático que los recopilara y los ordenara en un discurso coherente? Un proyecto así ampliaría realmente el radio de la enciclopedia clásica, porque daría acceso no solo a los temas que se ha previsto que existan, sino a cualquier otro. Implementarlo tendría mucho de sistema experto conocedor de un tema, pero también dependería del avance que haya experimentado la llamada
web semántica (aquella que sabe qué es lo que contiene), para poder extraer mejor la información de diversas fuentes.
Ya hay algunos prototipos de sistemas que, partiendo de datos más o menos estructurados, son capaces de crear algo parecido a entradas de una enciclopedia sobre personas, países, etc., incluyendo elementos gráficos. Mientras que una fotografía o un vídeo serán sencillamente localizados y reutilizados, un sistema experto podría generar gráficos ad hoc, por ejemplo: histogramas con la evolución de la población de un país comparado con otro, o mapas de una región que reflejen el índice de paro en cada zona. Ya hay aplicaciones que recopilan informaciones y que transforman datos crudos en gráficos, como WolframAlpha.
¿Qué panorama crea esto para las enciclopedias del futuro? Podríamos pensar en un
continuum digital del que forman parte digitalizaciones de los libros existentes (a lo Google Books), más bases de datos con artículos científicos, más bibliotecas virtuales, más hemerotecas de prensa, más aportaciones de los usuarios (tipo la
Wikipedia), más contenidos misceláneos. Ante una pregunta concreta, un agente inteligente, al que llamaremos
Enciclopedia, reúne y evalúa informaciones y por fin redacta un texto acompañado de elementos multimedia.
Un sistema así tendría información perennemente actualizada, podría indicar la procedencia de todos y cada una de los datos que aporta, y elaboraría entradas con la extensión y estructura que fijaran sus parámetros. Si consultantes de a pie y expertos en las distintas materias califican la adecuación y precisión de sus respuestas, el agente podría aprender con el uso.
Así, de los portentosos sabios del pasado, cuya mente compendiaba todo el saber de la época, de los ejércitos de autores y correctores de las más grandes enciclopedias en papel y digitales, podríamos llegar a sutiles conjuntos de algoritmos, retroalimentados por humanos, que, como diría Bernardino de Sahagún, echan la «red corredera» en el océano del saber digital, para conseguir, por otros medios, lo que ofrecía un prospecto de la
Espasa en los años 30: «Necesidad de los tiempos
es el saber. Saber pronto y de todo».