Aproximaciones diversas al envejecimiento

PILAR GARCíA MOUTON

Instituto de Lengua, Literatura y Antropología (CSIC)

La lengua y las edades

La autora nos plantea en su artículo si no deberíamos empezar a hablar de lengua de abuelos en vez de lengua materna para la que aprenden hoy en día los niños. Las personas mayores recuperan así su papel de transmisoras de la lengua y la cultura, un papel que les correspondía por tradición.

 Es una verdad conocida que la lengua vive en cambio permanente. Los mismos hablantes son conscientes de ello porque, a lo largo de los años, asisten en su entorno a algunas de esas transformaciones más o menos llamativas. Sistemáticamente se han dado cambios en el devenir histórico DESTACADOSPerfil: Pilar García Mouton
de todas las lenguas, cambios que se manifiestan en un momento dado, aunque bien puedan llevar siglos incubándose, hasta que llegan las circunstancias favorables que los propician, y no cabe duda de que sus agentes han sido siempre los hablantes.

La historia de una lengua viene a ser el resultado de la historia lingüística y cultural de muchas generaciones. Por eso la curiosidad de los científicos hizo que, en consonancia con lo que ocurría en otros ámbitos, los lingüistas de finales del siglo xix y principios del xx se propusieran como tarea la reconstrucción de las lenguas e indagar cómo actuaba del cambio lingüístico. Fue una época en la que se puso mucho interés en reconstruir protolenguas y en establecer las principales familias lingüísticas. Así se reconoció algo que se intuía desde siempre: que también las lenguas tienen edad y antepasados, una edad que en cierto modo corre paralela a la de la suma de las generaciones de sus hablantes.

Es cierto que las lenguas no cambiaban en la Edad Media como pueden cambiar ahora, cuando los medios de comunicación amplifican y globalizan lo que antes era local, pero también lo es que hay cambios cuyo recorrido se puede observar a lo largo de unas pocas décadas. Y tienen que ver con el paso del tiempo por los mismos hablantes y por su forma de hablar. El diccionario de dudas más utilizado en España, el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española de Manuel Seco, se publicó por primera vez en 1961. En él se encontraba solución a las cuestiones lingüísticas que preocupaban entonces y tuvo tal éxito que su autor no dispuso del tiempo necesario, entre edición y edición, reimpresión y reimpresión, para revisarlo a fondo hasta el año 1986, en la novena edición. Habían pasado veinticinco años cuando Seco escribía:

En este lapso, naturalmente, la lengua ha continuado su evolución sin pausa, y si es cierto que muchos de los aspectos que en esta obra se comentaban no han cambiado de modo perceptible, otros han dejado de existir como problemas, ya porque tomaron un camino decidido, ya porque, sencillamente, se desvanecieron, mientras que otros nuevos han venido a ocupar la atención o la preocupación de los hablantes. Algunos puntos hay, por otra parte, que, siendo viejos, presentan un sesgo que reclama nueva consideración.

En veinticinco años, muchos aspectos difíciles del español no habían cambiado; otros ya no eran dudosos, en parte porque ya no existían; otros eran nuevos, y algunos de los viejos convenía abordarlos desde un punto de vista nuevo. Nuevo y viejo se repiten como adjetivos normales para ciertos aspectos de la lengua.

La mayor parte de los cambios surge de esa tensión entre lo «viejo» y lo «nuevo» que, sin duda, guarda relación con la edad de los hablantes, porque, a pesar de que la lengua materna es un bien que se transmite en la infancia por contacto intergeneracional, se va tiñendo de marcas propias en cada etapa de la vida. Es evidente que, por razones que tienen su fundamento en el cerebro, la infancia es la edad en la que las capacidades lingüísticas son mayores para todo lo relacionado con el proceso de adquisición de la lengua. Las familias y la comunidad son testigos de ese rápido proceso y de la enorme plasticidad cerebral de los niños hasta determinada edad, y no solo para el aprendizaje de la lengua materna, sino para el de todas con las que estén en contacto, de ahí la importancia incuestionable de una enseñanza temprana de otras lenguas que puedan convertirlos en bilingües o trilingües. Como tantas otras habilidades, las capacidades lingüísticas infantiles se desarrollan por contacto con hablantes de más edad, que ya tienen dominio de la lengua. Así se va adquiriendo poco a poco la lengua materna, porque históricamente han sido las madres, y a veces otras mujeres encargadas de la crianza, las que han desempeñado el papel de educadoras lingüísticas en el entorno familiar, e incluso en el escolar.

En su Historia de las hablas andaluzas, Juan Antonio Frago cita a Juan de Barahona y Padilla quien, en su Institución de toda la vida del ombre noble (Sevilla, 1577), advertía que había que corregir la pronunciación andaluza y las palabras que las amas transmitían a los niños. Por eso, al niño noble «deue su madre quitallo del Ama porque no aprenda alguna costumbre seruil. Y porque para el trato y conuersación vmana fue menester la habla, como instrumento con que se manifestasen los concetos, deue mostralle en los dos años siguientes con toda diligencia el lenguaje de su ciudad, limando, perfecionando y haziendo ciuiles las pocas palabras que toscamente le enseñaría su ama, de suerte que sea limpio, dulce y muy apartado del que vsa el vulgo.» Años después, en 1611, Sebastián de Covarrubias se refería en las definiciones de su Tesoro de la Lengua Castellana o Española a este protagonismo femenino en la enseñanza de la lengua y de sus usos sociales:

DIX y dixes. Las cositas de oro, plata, coral, cristal, sartales, piedras, y las demás menudencias que cuelgan a los niños ordinariamente al cuello para acallarlos y alegrarlos; y aun dizen también que para divertir a los que miran para que no los aojen si los están mirando al rostro de hito en hito. Algunos dizen ser palabra inventada por las madres, quando muestran a los niños las cositas que relucen. [...]

AXONIÑO. Quando las madres o las amas enseñan a hablar al niño de teta, lo primero que percibe es el gorgear y formar la voz en la gorja, porque aquello se haze sin los demás instrumentos necessarios para formar la perfeta voz sinificativa, contentándose con sólo el sonido gutural. [...]

CALLAR. Enseñan a los niños sus madres a que no sean chismosos, ni digan fuera de casa lo que passa dentro della; y si preguntáis a uno déstos: «¿Qué ha comido niño?»; os responderá: «Callares».

CACA. [...] Quando las amas quieren que el niño no coma alguna cosa que le ha de hazer mal, le dizen que es caca, y les hazen un gesto de enfado, como a cosa suzia y hedionda.

MAMAR. [...] Mama, en otra sinificación, vale la madre del niño, o el ama que le cría, a las quales ellos llaman mamas, porque assí se lo enseñan a dezir.




Aunque la lengua tenga usos por edades, los hablantes de edades distintas se influyen entre sí.


Algunas cosas han cambiado mucho desde el siglo XVII —entre otras, ya no son frecuentes las amas—, pero, al menos en España, convendría plantearse si no deberíamos hablar de lengua de abuelos en vez de lengua materna para la que aprenden los niños urbanos —y también muchos de los rurales—, porque es con las abuelas y los abuelos con quienes pasan la mayor parte del día, y son ellos con los que más hablan y los que más les cuentan. De alguna manera las personas mayores recuperan así su papel de transmisoras de lengua y cultura, un papel que les correspondía por tradición en el mundo rural y que habían perdido en las ciudades. De hecho, en su trabajo de campo, los lingüistas buscaron siempre la lengua más auténtica en informantes de edad, y algunos, como Dámaso Alonso o Lorenzo Rodríguez-Castellano, consideraban que las mujeres mayores eran la memoria lingüística de una comunidad.

La edad es una de las variables que la sociolingüística tiene en cuenta porque, desde el momento en que los hablantes son socializados para que se comporten de una forma determinada, su manera de hablar suele acomodarse a la esperable para su edad. Los estudios científicos evidencian que esta variable edad no debe tomarse aislada, sino correlacionada con otras como educación, sexo, etc., porque, sin ir más lejos, no afecta igual a hablantes rurales sin instrucción que a hablantes urbanos insertos en varias redes sociales.

El tiempo y la edad pueden, pues, resultar determinantes. Por eso, según su grado de desarrollo, los lingüistas hablamos de procesos de cambio recientes, en marcha y obsolescentes; y se estudian en tiempo aparente, comparando cómo los encaran hablantes de diferente edad, para simular cuál ha podido ser su historia reciente; o en tiempo real, para tratar de avanzar cómo podría ser su futuro. Para hacerlo, se recurre a fijar generaciones o, por lo menos, a establecer grupos de edad, porque lo normal es que entre ellos se den diferencias lingüísticas, como la experiencia permite reconocer a cualquier hablante.

Ante la pregunta de a qué edad se alcanza un dominio de la norma, se admite que, aunque el aprendizaje lingüístico comienza intensamente en la infancia, es en la adolescencia Nuevo y viejo se repiten como adjetivos normales para ciertos aspectos de la lenguaavanzada o en la juventud cuando se consiguen unas características lingüísticas estables, si bien conviene advertir que hay hablantes que pueden adscribirse a determinados cambios en cualquier momento de su vida para adecuarse a usos que consideran prestigiosos. Por otra parte, es un hecho que los cortes de edad que antes conformaban etapas rígidas se han convertido en un continuum mucho más flexible, de límites difusos: hoy la adolescencia invade la parte final de lo que no hace tantos años se consideraba niñez y, en cambio, la juventud se prolonga hasta edades escandalosamente altas, lo mismo que la madurez, mientras que la vejez se retrasa.

El lenguaje de los jóvenes refleja una parte de ese camino hacia la madurez lingüística en esa etapa de la vida tan receptiva a cualquier etiqueta social que permita identificarse con los iguales. Los especialistas llegan a considerarlo como lenguaje de grupo, un lenguaje que juega a ser rompedor con el de la comunidad, especialmente receptivo a modas, a jergas y a la expresividad, con unas marcas propias voluntariamente antinorma, contraculturales. Desde el punto de vista científico, existen estudios destinados a medir la disponibilidad léxica de los escolares, en un intento de conocer —y potencialmente corregir— su dominio activo o pasivo de las palabras, y de la cultura. A lo largo de la historia ha sido constante que los mayores de la comunidad consideren que la juventud sufre una alarmante pobreza lingüística, porque utiliza las mismas palabras una y otra vez sin gran concreción conceptual y recurre a neologismos de moda, a muletillas, a apelativos del tipo de tío, tía, y a palabras groseras, junto con nexos vacíos, como es que, o sea, etc., si bien hay que matizar que en la segunda etapa de la juventud estas marcas tienden a difuminarse. Los mayores también acusan a los jóvenes de perder muchas de las fórmulas de cortesía lingüística incorporadas a la educación establecida, mientras que, por su parte, los jóvenes consideran que los mayores, a pesar de su dominio de la lengua, utilizan giros y palabras de otras épocas, pasados de moda, que ellos no comparten. Así, en esa tensión, evoluciona poco a poco el lenguaje.

Entre los jóvenes y los mayores se sitúa el grupo intermedio, el de los antiguos jóvenes que alcanzaron la madurez, también lingüística, y conservan en su forma de hablar algunas de las características que en su día fueron innovadoras frente a la norma y que los caracterizan como generación. Porque no conviene olvidar que las actitudes lingüísticas varían según la edad, aunque todas se mueven por un concepto cambiante, el prestigio. La evolución es clara: a más edad, más conservadurismo lingüístico, mayor sensibilidad a la norma; a menos edad, más receptividad a lo innovador. Los mayores suelen ser más cumplidores de lo que consideran norma que los jóvenes, más dados a la innovación, a la ruptura y a adoptar rasgos que los identifiquen como grupo frente a los adultos.

El léxico está estrechamente unido a la cultura material y espiritual de la comunidad, de modo que refleja casi automáticamente los cambios que la evolución de su cultura produce en un proceso continuado de pérdidas y adquisiciones; por eso en una generación se puede asistir a procesos de muerte léxica, y no tan fácilmente a cambios más lentos en la fonética, en la morfología y en la sintaxis de una lengua. El léxico y las frases hechas pueden resentirse más del paso del tiempo, pero el resto de la estructura lingüística resulta bastante estable, de manera que los hablantes más jóvenes, a pesar de sus rasgos innovadores y marginales, pueden comunicarse con los adultos y con los mayores, porque todos comparten una lengua en la que conviven sin problema formas antiguas y formas nuevas, siempre que no afecten a la capacidad de intercomprensión de la comunidad.

En la historia del español europeo del siglo xx es fácil documentar algunos cambios relativamente recientes, como el ascenso imparable del tratamiento de frente al de Vd., que comenzó en los años posteriores a la guerra civil y se extendió indiscriminadamente en los años 70 y 80; la generalización del vale de aprobación frente al tradicional de acuerdo; o la pérdida de la pronunciación normativa de la ll que permitía distinguir pollo de poyo, gracias a la irradiación desde las ciudades de la pronunciación relajada que las iguala. En todos estos casos el prestigio —de clase, juvenil, urbano— actuó como motor del cambio lingüístico, El léxico está estrechamente unido a la cultura material y espiritual de la comunidadpero, a pesar de su abierta actitud ante lo innovador, no siempre han sido los más jóvenes quienes lo han puesto en marcha. Los que ponen en marcha un cambio lingüístico que los demás hablantes aceptan y generalizan son los líderes lingüísticos que, en la mayor parte de los casos estudiados, se identifican con mujeres de clase media, no necesariamente jóvenes, cuyo ámbito de actuación no se limita a un puesto social determinado, sino que mantienen contacto en la escala social hacia arriba y hacia abajo con personas con las que no siempre coinciden en generación ni en clase social, y eso las convierte en excepcionales agentes de difusión del cambio. Las mujeres parecen más receptivas a captar hacia dónde se mueve el prestigio lingüístico y a adecuar hacia allí su forma de hablar. En mis encuestas dialectales en Castilla-La Mancha —y algo parecido ocurre en muchas otras zonas, incluso urbanas— las informantes de más de 65 años, en vez de resultar conservadoras como correspondía tradicionalmente a las abuelas del medio rural, cambiaban su forma de hablar para aproximarla a la de sus nietos, a los que cuidaban y con los que compartían las tareas escolares. La justificación era que, si no lo hacían, ellos «las reprendían», pero lo cierto es que reconocían en su forma de hablar el prestigio de la instrucción, en un proceso de interacción lingüística intergeneracional que muestra que, aunque la lengua tenga usos por edades, los hablantes de edades distintas se influyen entre sí.

Perfil: Pilar García Mouton


Doctora en Filología Románica por la Universidad Complutense de Madrid, donde fue profesora titular de Geografía Lingüística y Dialectología, es profesora de investigación del Instituto de Lengua, Literatura y Antropología del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS) del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Sus numerosas publicaciones se ocupan especialmente de Geolingüística, Dialectología, Sociolingüística y Lenguaje de mujeres.

Es directora de la Revista de Filología Española, vicepresidenta del Atlas Linguistique Roman (ALiR) y responsable del Comité español del Atlas Linguarum Europae (ALE), y codirectora, con F. Moreno Fernández, del Atlas Lingüístico y etnográfico de Castilla-La Mancha (ALeCMan).

Miembro de consejos de redacción de revistas especializadas españolas y europeas, es IP de varios proyectos de investigación competitivos y del Proyecto intramural del CSIC para la Elaboración y edición de los materiales del Atlas Lingüístico de la Península Ibérica (ALPI).

Entre sus últimas publicaciones, destaca su participación en la Nueva gramática de la lengua española. Fonética y fonología y en el DVD Las voces del español. Tiempo y espacio (Espasa Libros, 2011) de la Real Academia Española y la AALE, coordinados por José Manuel Blecua y cuyo ponente es Ignacio Bosque, y Palabras moribundas (Taurus, 2011), en colaboración con Álex Grijelmo.

Publicado en Núm. 08


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